lunes, 9 de mayo de 2016

Todo por la audiencia, pero sin la audiencia

MARIA BLANCO


Fue Federico II de Prusia quien en 1871 explicaba que es una locura creer que los hombres han dicho a un semejante: te elevamos por encima de nosotros porque nos gusta ser esclavos. Una idea preciosa que le servía para, a continuación, defender el despotismo ilustrado, es decir, la creencia de que el pueblo entrega en manos de los sabios la facultad de defender su libertad y se somete, de ese modo, a sus leyes y mandato. Por supuesto, estas mentes brillantes y preclaras lo hacen todo por el bien de ese pueblo tan inmaduro que no sabe defender su propia libertad, ni su propiedad ni sus hijos. Ese despotismo basado en creerse superior al de al lado se expresaba aún mejor en la famosa frase de “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. Sin embargo, las cosas han cambiado y, a día de hoy, ya no es el pueblo, sino la audiencia el objetivo de unos y otros. Un matiz que cambia todo.



No es la audiencia la que manda, sino un grupito de iluminados los que determinan que “la audiencia” quiere esto o lo otro
La audiencia no manda
La audiencia, es decir, el público que atiende a los programas de radio y televisión, es, supuestamente, la que decide quién se va o se queda en los realities, quién baila mejor y qué programa es el más popular. Es en función de esa audiencia que las cadenas de televisión o las emisoras de radio reciben más o menos financiación de las empresas de publicidad, que compran espacio audiovisual en función de cuántas personas lo vayan a ver. La audiencia lo es todo. Pero no manda. Aunque nos vendan que hay un notario que da fe de los votos, todos sabemos que, en los concursos y realities, lo que hace este buen señor es confirmar que en el papelito que le han enseñado pone eso, no cuenta los votos de las llamadas o a través de la app correspondiente. Por eso, no es la audiencia la que manda, sino un grupito de iluminados los que determinan que “la audiencia” quiere esto o lo otro. Y así se crean los personajes, los ídolos de quinceañeras y la falsa sensación de que audiencia y pueblo son lo mismo.
Y no es así. Ni la audiencia es el pueblo, ni los programas de televisión son la expresión de la voluntad del pueblo. La confusión no se refiere solamente a los “grandeshermanos” y programas similares, tampoco los documentales divulgativos ni los programas de investigación son la verdad y la única verdad. Nunca lo han sido. Es la diferencia entre ciencia y divulgación. En un caso los datos son exactos y completos y en otro es la comunicación al gran público lo que prima. Ambas cosas son necesarias. Lo malo es cuando son unos “iluminados” los que deciden qué información es la que necesita el gran público (la audiencia), y cuando siguen un criterio que persigue intereses más que cuestionables. Se llama manipulación de masas y no es nuevo. Y ahí tenemos a Jordi Évole y Jorge Javier Vázquez, al mismo nivel, lanzando consignas cada cual en su ámbito, y decidiendo qué está bien y qué está mal.
La toma de decisiones limitada
El problema se complica cuando los partidos políticos actúan como si solamente tuvieran responsabilidades de cara a la audiencia, hablan para ella y la manipulan. La audiencia es el objetivo a ganar. De esta manera, preparan sus apariciones, seleccionan vestuario, planifican algún “gag” sorpresa (como regalar una serie de televisión al rey) y se aseguran de que sus declaraciones tengan impacto, para ser líderes de audiencia. Y luego ya vendrá la gestión de los presupuestos y todo lo demás.
Pablo Iglesias y Jordi Évole han cambiado los papeles. Y lo han hecho tan bien, que no se sabe quién es el político y quién el showman
Si juntamos las dos cosas, tenemos la España actual. Las apariciones de Pablo Iglesias por un lado, dando capotazos al PSOE y un programa de Jordi Évole como el del pasado domingo acerca de las empresas textiles españolas, por el otro. Los datos eran incompletos como ha mostrado Juanma López Zafra en su artículo en El Confidencial, mientras denuncia a Zara el presentador viste de marcas como Converse o El Ganso, y el programa consiste en acompañar de la mano a esa audiencia ignorante, incapaz de defender sus intereses e ideales (como el pueblo del que hablaba Federico II de Prusia), hacia el linchamiento mental por la opinión pública y la culpabilización indirecta de todos los que compramos en H&M o en Mango (la reina Letizia incluida).
Pablo Iglesias y Jordi Évole han cambiado los papeles. Y lo han hecho tan bien, que no se sabe quién es el político y quién el showman. Pero ambos pertenecen a los nuevos iluminados que nos van a decir qué, dónde, cómo y con quién a partir de ahora. Y nosotros, la audiencia, aún nos creeremos que hemos decidido algo.
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