domingo, 1 de mayo de 2016

Trump y el Partido Republicano

Trump y el Partido Republicano

Por Álvaro Vargas Llosa
El “landslide” de Donald Trump en Pennsylvania, Connecticut, Maryland, Delaware y Rhode Islands esta semana fue superior al esperado. En la mayor parte de los estados obtuvo más de 60% en las primarias republicanas. Su candidatura es ahora un vórtice mareante que lo contiene todo: evangélicos, no pocas mujeres, conservadores químicamente puros, moderados, miembros antiguos del partido y nuevos inscritos. Ha roto las barreras que se suponía hacían inviable su candidatura aun si la cuarta parte de los republicanos dice que no votaría por él en las generales.

 
Ya no es sólo el candidato de los blancos de bajo nivel económico motivados por el rencor contra la clase política con tendencia a culpar al inmigrante de sus problemas y rechazo a la globalización. Ahora, las distintas corrientes del partido parecen compendiarse en este turbulento demagogo al que quieren confiarle el destino del partido de Lincoln.
Esto ya se sospechaba, pero ahora es una constatación. Aun así, les quedaba, a los republicanos que ven venir una tragedia electoral en noviembre, la esperanza de que las matemáticas derrotaran al magnate. Necesita 1.237 delegados y para obtenerlos le era necesario, se decía, ganar las primarias de los estados restantes por márgenes muy superiores a los registrados hasta ahora. Sin esa cifra mágica, sus adversarios lo vencerían en la Convención Republicana, pues según las reglas si el candidato que va primero no obtiene suficientes votos en la primera ronda, los delegados quedan en libertad de escoger a quien quieran en las subsiguientes. Pero los márgenes de Trump se han disparado; si triunfa con claridad en Indiana la semana que viene -hay 57 delegados en juego-, será casi imposible que no llegue a los 1,237 antes de la Convención. En California, el estado que más delegados elige (un total de 172), Trump ya roza el 50% en los sondeos. El pacto entre el senador Ted Cruz y el gobernador John Kasich para no competir entre ellos en ciertos estados y privar así a Trump de los delegados suficientes al plantearle un “mano a mano” en lugar de una carrera de a tres, parece condenado a la derrota.
Estamos ante un fenómeno político de imprevisibles consecuencias. Trump será, por una vía u otra, el candidato. El partido del libre comercio llevará a las presidenciales un portaestandarte proteccionista; el partido que legalizó a millones de inmigrantes en 1986 y que tuvo en la Presidencia en la década de 2000 a otro líder partidario de regularizar indocumentados estará representado por alguien que estrenó su candidatura llamando violadores a los mexicanos. El partido que más ha denunciado el autoritarismo y el imperialismo de Putin se alineará detrás de un admirador del nuevo zar de Rusia.
Estamos ante una transformación comparable en importancia a lo que fue la conquista por parte de Nixon del voto del sur o el vuelco ideológico hacia el liberalismo económico de Reagan. Sólo que ahora no se trata de un cambio en la demografía o la geografía de los republicanos, ni un vuelco en el pensamiento económico que anima a esta organización, sino de algo distinto: una modificación esencial de la forma de ver el mundo, de entender lo que es Estados Unidos, de relacionarse con el otro.
La crisis de representatividad que padece Estados Unidos ha producido dos respuestas populares. Una, Bernie Sanders, está más o menos bajo control de las corrientes convencionales del Partido Demócrata; la otra, Donald Trump, está fuera del control del Partido Republicano: ha transformado al partido, sumándole cientos de miles de nuevos inscritos que adhieren a este caudillo con el fervor de una venganza.
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