viernes, 20 de mayo de 2016

Un continente olvidado

Ángel Soto reseña el libro de Michael Reid, "El continente olvidado. La lucha por el alma de América Latina".

Ángel Soto es Profesor dela Facultad de Comunicación de la Universidad de los Andes (Chile).
El continente olvidado. La lucha por el alma de América Latina, es el título del libro escrito hace un par de años por el periodista Michael Reid (2009), cuyo nombre y argumentos siguen teniendo vigencia en la discusión académica. Basta leer la contratapa del texto para encontrarse con una tesis que afirma: si bien nuestra región no es pobre como África y no “ha descollado como India o China”, “ha sido subestimada por las potencias occidentales”. A pesar de tener grandes riquezas que la hacen propicia para afianzar la “democracia capitalista”.
Hay un cierto optimismo en quien escribe desde la experiencia. Reid ha vivido en el continente mirando con el ojo agudo del periodismo, y quizás por esa misma razón, él mismo afirma en su prefacio: “la historia enseña que cualquiera que tenga temeridad de expresar un optimismo cauteloso acerca de las perspectivas de América Latina, corre el riesgo de ser rápidamente expuesto por los acontecimientos, de pasar por un ingenuo” (p. 20).



No es que yo le tema a este calificativo, y es erróneo el endoso, pero hay algo de eso en lo que actualmente se esta escribiendo sobre nuestro vecindario. Dos ejemplos recientes: la visita del Presidente de EE.UU. a Cuba y las negociaciones de paz en Colombia.
El viaje de Obama evidencia un largo olvido. Sabemos que éste —salvo enfermedad— es intencional y debe ser consciente. El olvido es selectivo, al igual que la memoria. Obama al iniciar su primer mandato declaró el fin de una era en que EE.UU. hablaba a Latinoamérica para comenzar una de escucha. En el balance del término de su mandato, más bien da la impresión que no hizo ni lo uno ni lo otro. Pero no solo es endosable a su administración. El olvido latinoamericano viene desde antes, pues previo a los atentados del 11 de septiembre del 2001 se había definido que el siglo 21 sería el siglo de las Américas. Sin embargo, los ataques terroristas obligaron a cambiar el foco. ¿Cuánto interés —a excepción de la migración hispana— tiene EE.UU. en Latinoamérica?
Obama visitó Cuba acompañado de su esposa, hijas e incluso la suegra. ¡Bravo! Un viaje familiar y quizás será una buena oportunidad para iniciar un comercio que llevará ron y habanos a EE.UU. y turistas estadounidenses a la isla. ¿Importante? Por cierto, pero ¿algo más? ¿qué cedió Cuba? Raúl Castro ni siquiera se dio por enterado del listado de presos políticos a los que aludió el presidente estadounidense, perdiendo Obama una oportunidad histórica. Muy distinta a lo que hizo Ronald Reagan cuando le pidió a Gorbachov que derribara el muro.
Otro intento de olvido, pero esta vez desde nosotros mismos, es lo que ocurre en Colombia. ¿Será factible dar estatus de partido político legítimo a las FARC?
Ciertamente no podemos vivir estancados en el pasado y cuando este divide hay que superarlo, pero ¿eso implica olvido? Olvido que además debiera ser de ambas partes. ¿Cuánto olvidó el castrismo y las FARC a excepción de su propio pasado?
Cada vez que cantamos o escribimos las pequeñas victorias de la libertad latinoamericana, siempre me pregunto, ¿cuánto durarán? Hace casi 20 años, en noviembre de 1996, The Economist celebraba que en el vecindario conviviera la libertad política con la economía libre. Atrás quedaba el triste recuerdo de las dictaduras y lo importante era el “nunca más” (no el olvido) y la consolidación democrática. Hoy, en el 2016 sabemos como siguió la historia.
La lectura que hice del libro de Reid me hizo recordar aquella carta que en 1830 Simón Bolivar escribió al general Juan José Flores desde Barranquilla, en la que le dice:
“1°. La América es ingobernable para nosotros. 2°. El que sirve una revolución ara en el mar. 3°. La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. 4°. Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas. 5°. Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos. 6°. Sí fuera posible que una parte del mundo volviera al caos-primitivo, este sería el último período de la América.
La primera revolución francesa hizo degollar las Antillas y la segunda causará el mismo efecto en este vasto Continente. La súbita reacción de la ideología exagerada va a llenarnos de cuantos males nos faltaban o más bien los va a completar. V. verá que todo el mundo va a entregarse al torrente de la demagogia y ¡desgraciados de los pueblos! ¡y desgraciados de los gobiernos!”
Nótese que las dramáticas palabras que contiene la carta fueron escritas cuando apenas habían transcurrido 20 años del inicio de los procesos que llevarían a la independencia.
El olvido hace que nos preguntemos por la soledad del continente. Cuestión que Reid plantea —y que abordaremos en una columna más adelante— pues tiene que ver con nuestro papel en la historia y por ende, un tema de memoria. ¿"Cien años” o “un laberinto” de soledad? Es la búsqueda de ese “camino propio”.
En 1969, Carlos Quintana, entonces secretario ejecutivo de CEPAL señaló “es bien clara la necesidad que enfrenta América Latina de encontrar caminos propios para resolver sus problemas de desarrollo y de cambio social. Y también lo es que para ello, antes que nada, son necesarios el cabal conocimiento de la realidad y la formulación creativa de ideas que la interpreten y que puedan servir de guías eficaces para la acción”. Por la misma época, Raúl Prebisch, como tantos otros, respaldaba la idea que era necesario “encontrar nuestros propios caminos” (El pensamiento de la CEPAL, 1969, pp. 11, 292-293).
La historia no sólo es memoria, recuerdos, reconstrucción, sino también olvido. Todos ellos construyen ese relato latinoamericano fragmentario. Un camino, que por ahora, no debiera estar señalizado por el consejo de Bolívar, ya que sigo pensando que la única alternativa no es emigrar, como tampoco olvidar.
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