jueves, 26 de mayo de 2016

¿Una sociedad de leyes estatales o privadas?

Hans-Hermann Hoppe (State or Private-Law society), a partir de una conferencia realizada en Brasil. 
Sólo en su isla, Robinson Crusoe puede hacer lo que se le antoje. Para él, la pregunta relativa a las reglas que conforman la conducta humana-la cooperación social-carece de sentido. Esta pregunta sólo puede surgir si aparece en escena otro ser humano, Viernes. Y sin embargo, incluso en este caso esta pregunta resulta del todo irrelevante siempre y cuando no exista escasez. Supongamos que la isla es el Jardín del Edén. Aquí todos los bienes externos se dan en superabundancia. Se trata de “bienes gratuitos,” tal y como también lo es el aire que respiramos. Sea lo que sea que Crusoe haga con estos bienes, sus acciones carecen de toda repercusión-con respecto a su futuro o presente suministro, tanto para Viernes como para él mismo (y vice versa). De ahí que sea del todo imposible que surja el conflicto entre Crusoe y Viernes en relación al uso de estas cosas. El conflicto sólo se hace posible cuando los bienes comienzan a escasear; y sólo entonces es que se hace necesario establecer reglas que garanticen el orden y permitan la cooperación en una sociedad exenta de problemas.



El Estado: prescindible o privatizable

Escrito por Juan Ramón Rallo
 
La semana pasada (enero 2013), gracias a la gentileza del Instituto Juan de Mariana y sobre todo de la Fundación Rafael del Pino, pudimos disfrutar de tres conferencias de David Friedman, hijo del difunto Nobel de Economía Milton Friedman, quien acudió a España para presentar la traducción al español de su libro La maquinaria de la libertad (Editorial Innisfree). Físico de formación académica y experto en análisis económico del Derecho por devoción intelectual, en apenas unas jornadas pudimos atender a reflexiones eruditas en muy diversos campos: alternativas liberales al Estado, los riesgos y las oportunidades para la libertad que conllevan los avances tecnológicos, por qué un dinero de naturaleza privada habría evitado la crisis, recetas de cocina medievales que los Friedman han rescatado y reeditado en formato libro, o incluso vertientes antiestatistas de la poesía de Kipling. El vástago de Milton es lo que en EEUU llamaríamos un libertario radical opuesto a toda forma de coacción estatal, como lo sigue siendo, a su vez, su propio hijo, Patri Friedman, fundador del imaginativo y eventualmente revolucionario Instituto Seasteading.


La seguridad, el gran monopolio estatal

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Escrito por Manuel Llamas
La producción de seguridad es, sin duda, el monopolio estatal por excelencia que está aún vigente tras la gradual, aunque incompleta, apertura a la libre competencia de numerosas actividades económicas que han sido ejercidas en exclusiva por el sector público a lo largo del siglo XX en los países desarrollados. La privatización de este servicio tan sólo se ha producido de forma parcial y muy limitada, y siempre bajo la estricta regulación sectorial impuesta por los poderes públicos. La razón a tales límites estriba en que la principal característica funcional del Estado consiste en el ejercicio monopolístico de la fuerza sobre un territorio determinado.


Hackeando la ley y la gobernanza con ciudades startup

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Cómo la innovación puede solucionar nuestro árbol de tecnología social. Escrito por Zachary Caceres
En las afueras de Estocolmo, son los vándalos y las enredaderas los que reinan sobre las grandes factorías ya marchitas de la Eastman Kodak. Se trata de edificios fríos asentados en cáscaras de hierro y vencidos por la naturaleza y el paso inexorable del tiempo. Los muros se encuentran recubiertos de coloridas pinturas (que en ocasiones rozan la vulgaridad) hechas con espray. En palabras de un artista de grafiti: se trata de un “momento Kodak.”
Tras su fundación en 1888, la Eastman Kodak se convirtió en la incontestable ganadora frente a sus competidores en el ámbito de la fotografía durante casi más de 100 años. Pero a principios del 2012, la misma compañía que una vez tuvo un valor capital de treinta mil millones de dólares y que daba trabajo a unos ciento cuarenta mil empleados, presentó la bancarrota.


La crueldad del salario mínimo

¿Qué es lo que piensa que le permite a un trabajador de la Samoa americana disfrutar de un nivel de vida más alto? ¿Un salario de 3,26 dólares la hora o un salario de 7,25 dólares la hora que no puede percibir por encontrarse en el paro? Todo el mundo pensará que se trata de una pregunta estúpida. ¿Quién iba a apoyar que la gente estuviera desempleada en lugar de tener un trabajo de 3,26 dólares la hora? Pero ese es precisamente el resultado de los incrementos del salario mínimo promulgados por el Congreso en 2007. Chicken of the Sea Internacional trasladó sus operaciones de la Samoa a una planta de fabricación de conservas muy automatizada en Lyons, Georgia. Eso generó una pérdida de 2.000 empleos en la Samoa y un incremento de 200 empleos en Georgia.


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