viernes, 17 de junio de 2016

La Kakistocracia militar

Desengáñese nuestra bendita progresía local. El del chándal no es más que un pobre bufón: mandan los milicos.


Nicolás Maduro y Diosdado Cabello | EFE

Decía Polibio, el historiador griego, que la monarquía degenera en tiranía; la aristocracia, en oligarquía de los privilegiados, y la república, en griterío de demagogos. Él propugnaba un híbrido sincrético con lo mejor de los tres regímenes. Pero nunca se le pasó por la cabeza que también podían refundirse agrupando lo más rastrero de cada uno de ellos. He ahí, sin ir más lejos, la kakistocracia venezolana, combinación a partes iguales de oligarquía, tiranía y demagogia. En el fondo, la clásica dictadura cuartelera de los milicos sudamericanos, ahora maquillada con la verborrea iconoclasta de un charlatán de taberna embutido en un chándal de las rebajas del Caprabo. Más allá de la pirotecnia retórica y de la insufrible verborrea huera, lo de siempre: corrupción, ineficiencia y espadones. Sobre todo, espadones. Muchos espadones. Espadones en cada esquina. ¿En qué país del mundo los militares poseen, gestionan y disfrutan de los beneficios de su propio banco comercial? En la Venezuela del Banco de las Fuerzas Armadas Nacional Bolivarianas. ¿En qué país del mundo los militares poseen, gestionan y disfrutan de los beneficios de su propia empresa de explotaciones agrícolas? En la Venezuela de la Empresa Agropecuaria de las Fuerzas Armadas Nacional Bolivarianas.



¿Qué prohibirán ahora?

Las autoridades de la ciudad de Nueva York han ordenado a los restaurantes que dejen de servir comida con grasas hidrogenadas. "Es un ingrediente peligroso e innecesario", ha afirmado el responsable de Salud. Caramba, yo también soy partidario de la vida sana, pero ¿no debería dejarse esto en manos de cada cual?
"Un modelo para otras ciudades", decía el titular de una información del New York Times sobre la prohibición de marras. "¿Un modelo para qué, exactamente? –se pregunta Don Boudreaux, un economista de la Universidad George Mason–. ¿Para poner en pie la tiranía de los quisquillosos? ¿Quizá para prohibir también otras actividades voluntarias que entrañan riesgos para la salud? ¿Qué tal si prohibimos trabajar como dependiente en una tienda de las que abren 24 horas, o caminar bajo la lluvia?".
 

¿Quién teme a la properidad?

¿Debería preocuparnos que los habitantes de China, la India y otros países en vías de desarrollo se estén enriqueciendo? Si hacemos caso a la prensa y sus expertos, sí.
No lo dicen así, claro; lo dicen, por ejemplo, así:
A medida que el desarrollo se extiende vertiginosamente por los países antaño miserables y saca a miles de millones de personas de la pobreza, la demanda de alimentos, minerales y combustibles se pone al rojo vivo y los proveedores luchan a brazo partido por satisfacerla. Los precios han entrado en esa espiral, y los americanos se ven inmersos en una puja frenética con compradores extranjeros por productos tan diversos como la lecha y la gasolina.
Sí, China está creciendo a marchas forzadas –un 10% el año pasado–, y está construyendo fábricas frenéticamente para producir a gran escala esos productos baratos que a los americanos nos encanta comprar. Pero, claro, para cumplir su cometido los productores chinos tienen que comprar combustible, acero y un largo etcétera de materias primas. Y como cada vez hay más demanda, los precios suben. También los de los alimentos, pues cada vez hay más chinos (e indios, e...) que comen más y mejor.

Todo el mundo prospera con el libre comercio

Con el libre comercio, todo el mundo gana. Quienes realizan un intercambio por propia voluntad lo hacen porque dan más valor a lo que quieren adquirir que a aquello de lo que piensan desprenderse. Es por eso que, en una tienda, tanto el cliente como el empleado dicen, una vez completada la transacción: "Gracias".
Lo mismo cabe decir en el ámbito del comercio internacional: cuando el intercambio es libre, nadie pierde. El libre comercio permite a los distintos países especializarse en lo que hacen bien y, con el excedente, obtener todo aquello que no hacen tan bien. Cuando el libre comercio se desarrolla sin trabas, el mundo se enriquece y ensancha.
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