lunes, 21 de noviembre de 2016

EL BAUTISMO DE LAS NACIONES


Alberto Mansueti
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¿Qué relevancia tuvo el cristianismo en la cultura, las leyes y la política del mundo?

El Evangelio de Mateo termina con esta declaración impresionante de Jesús resucitado: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado.” Y eso mismo hicieron los Apóstoles, y sus discípulos, y sucesores: bautizaron a las naciones, y las discipularon en “todas” las enseñanzas cristianas, incluyendo todos los principios éticos, jurídicos, económicos y políticos del Antiguo Testamento, que Jesús enseñó.



Los libros de historia describen estos episodios como “la conversión de los pueblos bárbaros”. Es bueno recordarlos, hoy que se dice vivimos un “mundo Post-cristiano”; y así parece, a juzgar por los asesinatos monstruosos, escalofriantes guerras, y abortos a granel, bajo la cultura relativista “todo es válido: sed tolerantes”.

Primero fue la conversión del Emperador Constantino, en 313. Y en 496, Clodoveo, rey de los galos, y todos sus oficiales, fueron bautizados por Remigio, Obispo de Reims, ante todo el pueblo, al solemne estilo de los “Pactos” del Antiguo Testamento. Siguieron otras etnias y tribus, en las viejas provincias romanas, al Este y al Oeste del Rhin. Hubo conversiones menos publicitadas como la de Recaredo, rey de los visigodos, en el año 587, pues ya eran cristianos, aunque “arrianos”, una heterodoxia liderada por el Obispo Ulfilas (311-388), autor de la lengua gótica, y traductor de la Biblia.

En Europa Oriental, a fines del siglo X el rey Esteban encabezó la conversión de los magiares (húngaros), Wenceslao la de los bohemios (checos), el duque Mieszislao la de los polacos, y el gran duque Vladimiro la de los rusos de Kiev. Los evangelistas Cirilo y Metodio compusieron el alfabeto “cirílico” sobre la base del griego, aún en uso, para que la dirigencia y el pueblo pudieran leer la Biblia y los catecismos, y educarse. Porque junto a las Iglesias construían escuelas y Colegios, muchos de las que son hoy Universidades, pero casi nada queda de la cultura cristiana que las produjo.

Los primeros reyes cristianos nos legaron una cultura política basada en ciertas premisas: (1) hay diferencia absoluta entre el bien y el mal; (2) hay en la naturaleza humana una perversa inclinación al mal; (3) y por eso se requiere de Gobiernos; (4) limitados por la ley; (5) ley que debe ser reflejo de la moral. Y (6), lo que luego se llamó “separación de lo público y lo privado”, si bien ciertos monarcas mucho se pasaron harto de la raya divisoria, sobre todo en temas eclesiásticos.

Con el cristianismo llegó también el código “justiniano”, un derecho romano “desbarbarizado”, o sea “cristianizado”, recopilado por el Emperador Justiniano (siglo VI de la “Era Cristiana”), la base del common law, y del derecho continental europeo.

Esa fue la civilización que los misioneros llevaron después a las Américas, y a lugares más remotos como la India y Extremo Oriente, junto con el Evangelio, la medicina e ingeniería “occidentales”, las escuelas con su literatura y ciencias, los ferrocarriles y el telégrafo, las empresas y el capitalismo.

¿Y qué más llevaron? La teoría política del “contrato social”, desarrollada por Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, John Locke etc., inspirada en la Biblia. Y materializada en los “pactos” ya descritos, cuando las naciones fueron fundadas, y luego en las “cartas pueblas” y las constituciones, por ej. los “fueros” del siglo XII en España, Carta Magna de 1215 en Inglaterra, “Pacto del Mayflower” de 1620 en Boston, Declaración de la Independencia de 1776 en Philadelphia, etc.

El Gobierno tiene un propósito limitado: vivir sin malhechores, según el Apóstol Pablo en Romanos 13, y en I Timoteo 2. Los reyes que exceden este límite, se hacen “tiranos”, y hay derecho a destituirles, y a cambiar el inicuo sistema político. Así el “Contrato social” fundamenta el derecho de resistir la tiranía, una violación al pacto, que fue ejercido en países como Holanda, Suiza, Escocia e Inglaterra.

Pero la idea comenzó a abandonarse a fines del siglo XVIII, con autores como David Hume y Adam Smith, fue totalmente desvirtuada con Rousseau y Kant; y ahora pagamos alto precio. Los kantianos Hegel, Marx y Engels sistematizaron las ideas socialistas. Y ya en el siglo XIX las Iglesias se pasaron a la izquierda, y así el socialismo se arrojó como vendaval en todo el mundo; primero fue “en la teoría”, luego en la práctica. El XX fue el siglo del socialismo: fabianos, bolcheviques, mencheviques, nazistas, sionistas, nacional-socialistas árabes, etc. Y en EE.UU. desde la Era Progresiva (1890-1920) y el “New Deal” (años ‘30); y desde la Revolución mexicana (1910), y la de Cuba (1959), pasando por el peronismo y sus epígonos, y la “Teología de la Liberación”, hoy encabezada por el Papa Francisco. En el Oriente el Patriarca Cirilo I de Moscú también flirtea con las izquierdas, aunque menos que Bergoglio.

Olvidada por el cristianismo, la noción de Gobierno limitado quedó huérfana, y fue “adoptada” por los “kantianos de derecha” y utilitaristas, como Mises (para poner un ejemplo brillante), y rebautizada “liberalismo”, adjetivado “clásico” por Hayek. Pero era demasiado tarde, y no fue suficiente. Para colmo de enredos, los socialistas aprendieron a convivir con el “mercantilismo”, el capitalismo malo denunciado por Adam Smith, quien no pudo imaginar la otra peste mil veces peor: el marxismo.

En los años ‘90 del siglo XX vimos el supuesto “Neo” liberalismo, un Frankestein ideológico, híbrido de mercantilismo con socialismo blando; y sus resultados no fueron muy buenos, por eso la gente recibió el siglo XXI con un notable “revival” de las izquierdas, duras y blandas.

Ahora, tras 16 años socialistas, los resultados son aún más decepcionantes; por eso se observa un incipiente giro a la derecha: en el Brexit inglés, en Colombia con el “No”, en elecciones municipales de Brasil y Chile (octubre 2 y 23), y en las victorias de Donald Trump y el Partido Republicano en EE.UU. Pero salvo excepciones, no es la derecha buena, liberal; es la derecha mala, la del “proteccionismo” mercantilista, y muchas veces desagradablemente fascistoide. Pero de todos modos, la izquierda es derrotada. Y mejor aún, muchas de sus derrotas, caso Hillary Clinton, se deben a un impresionante y saludable “giro” de 180 grados en el voto cristiano: de la izquierda a la derecha.

Si este cambio prosigue y la tendencia no revierte, paso a paso podríamos, Dios lo quiera, completar más adelante con otro giro: de la derecha mala a la derecha buena. Pero mucho trabajo hay por hacer. ¡Felicidades para todos!


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